sábado, 4 de abril de 2026

Generaciones e intercambio cultural


Corrían los años 50-60 y gran parte, o más bien, casi todos los hermanos de la Ti Luisa, de La Duda emigraron. Eran tiempos en los que la actual España despoblada sufría una sangría de despoblación importante; La Campiña de Valencia de Alcántara no iba a ser menos. 

Los 5 hermanos de la Ti Luisa, de La Duda (2 varones y 3 mujeres) emigraron, por lo que tengo entendido, primero al País Vasco y más tarde a Cataluña. 

Aquellas regiones el dictador Franco quiso industrializarlas, creando así la zona franca, un territorio con una importante explosión industrial que precisaba de multitud de trabajadores llegados principalmente de Andalucía y Extremadura. Pero esta cuestión no nos interesa Desde La Duda, es un dato simplemente para contextualizar la emigración de La Campiña de Valencia de Alcántara y de los hermanos de la dudosa Luisa Díaz. 

Los hermanos de la ti Luisa, de La Duda se comunicaban por carta y más tarde por teléfono con su hermana, en aquellos tiempos, bien saben los lectores de este blog, que las comunicaciones “eran las que eran” y la inmediatez a la que hoy en día estamos acostumbrados no existía. Todo iba, por suerte, más despacio, más tranquilo…

Pero vayamos al título de esta nueva entrada en Desde La Duda: Generaciones e intercambio cultural. La emigración de tía Chencha, la tía Tere, tía Cati, tío Zei y tío Joaquim provocó que éstos echaran sus raíces en Cataluña y por ende un intercambio cultural entre la Extremadura que dejaron y las nuevas oportunidades de la Cataluña que les recibió. 

Han pasado muchos años, tío Zei, quien conoce como el que más estas tierras dudosas (fue muchos años cabrero por estas sierras) se quedó con la casa de la ti Águeda, la madre de la Ti Luisa, de La Duda; la bisabuela de quien escribe. Y, al menos, dos veces por año una de sus nietas vuelve al pueblo para verle y estar en familia. 



El otro día pasamos un día estupendo en La Duda, en territorio rayano, en tierras extremeñas, mirando a Portugal, pisando España pero con gastronomía catalana: calçots y butifarra. Una rica calçotada en un intercambio cultural resultado de la triste emigración de los años del franquismo. De nuevo, este territorio volvía a ser dudoso: ¿Extremadura, Cataluña; Cataluña, Extremadura? Cultura y tradiciones mezcladas, dos cuestiones que nos enriquecen.

 El día salió algo nublado, pero pronto el sol de Semana Santa brilló, otorgándonos un día luminoso en el que recordamos viejos tiempos de la mano del Tío Zei, mi madre, la prima Aurora o mi tío Juan. Subimos al Montinho a tomar café y por el camino nos encontramos con el ti João dos Brezos, pero lo que su mujer nos contó se merece otra entrada en el blog. Al igual, que en otro momento, para no hacer más larga esta lectura, os hablaré del tío Zei y sus visitas a El Pino con su camión. 

He tardado algún tiempo, demasiado, en volver abrir esta puerta virtual Desde La Duda, prometo no tardar la próxima vez tantísimo, porque creo, que entradas como estas merecen la pena tanto como lo que enriquecen las relaciones entre generaciones e intercambios culturales…



sábado, 11 de septiembre de 2021

Invitada a La Duda, por Nines Jiménez.

He pedido prestado un pequeño espacio en este blog para contar mis impresiones sobre mi primera noche en la Duda:

 

Seguramente fue porque leí la entrada que hizo Diego sobre su primera noche en la Duda por lo que imaginé que la mía sería también así, una noche intempestiva de invierno: fuera el viento azotaría el valle en el que la casa se halla enclavada y la lluvia se dejaría sentir tras los cristales; dentro ―puestos a imaginar― mis ex alumnos, ahora amigos, y yo mantendríamos una animada conversación en torno a la chimenea, hablando sobre contrabando y las historias que se esconden tras las paredes de las casas de la Duda, intentando recomponer con la imaginación los fragmentos que nos han llegado de la vida de tía Joaquina y tío José y del resto de los pobladores del valle.

Pero no, no fue una intempestiva noche de invierno la primera que he pasado aquí, sino una cálida noche de verano. Después de un día estupendo baños en una piscina natural, comidas rayanas y paseo por otro punto fronterizo, llegué a la Duda. Al salir del coche, me quedé maravillada: bajo la oscuridad de la noche se dibujaba la silueta de las montañas rodeando la hondonada y sobre nuestras cabezas se alzaba un cielo completamente cuajado de estrellas, que me hizo recordar, como no podía ser de otra manera, muchos de los mitos que lo pueblan.

Caminé hasta la casa y, según me iba acercando, empecé a percibir el tenue sonido del agua de la fuente, ¡qué paz y que relajación! Una lámpara alimentada con energía solar detectó nuestra presencia y se encendió automáticamente. Su luz me mostró una zona que conocía bien y los cambios que se habían operado en algunos de los espacios exteriores de la Duda, en los últimos tres años: el suelo ya estaba empedrado y los escalones, hechos; la fuente que, alimentada por un manantial fronterizo, vertía su agua sobre otro pilón situado un poco más abajo había terminado de arreglarse; y las terrazas que se cernían sobre el valle también se veían restauradas.

Comenzaba a hacer fresquito y fue agradable entrar en la casa y sentir el calor, no excesivo, acumulado durante el día. Recorrí las dependencias del piso de arriba, habitables de nuevo después de tantos años, y bajé las escaleras, impaciente, para ver la recreación de la antigua tienda-bar. En ella no faltaba detalle: sobre el mostrador de madera, fabricado con esmero por mi anfitrión, se veían pequeños cestos con legumbres a granel, papel de estraza y una báscula; delante de él, una lechera y una garrafa de vino revestida de mimbre nos hablan de la vida de otros tiempos, cuando no existía la cultura del usar y tirar; sobre los anaqueles, las botellas de cristal de Fantas de litro, de caseras la Antoñita y de bebidas alcohólicas, junto con las latas de Cola-Cao y los productos de limpieza, nos devuelven a un pasado que hoy se nos antoja muy lejano; en una pared, un cartel anuncia todavía los diferentes tipos de carne que se vendían allí ―no en vano la Duda albergaba cochineras, un lugar para matar los cerdos, otro para curar la chacina, etc.― y, junto a él, el teléfono original del establecimiento nos pone en contacto con una de las modernidades de las últimas décadas del siglo XX; sobre otro tabique, un cuadro que enmarca diversos documentos nos retrotrae al año de apertura de la tienda, 1957, una tienda que se abrió en esa época a nombre de una mujer, Joaquina, ¡eso es nada!

No hubo tertulia, ni fuego en la chimenea, pero la esencia de la Duda impregnaba todos los espacios. El silencio de la noche solo se veía roto de vez en cuando por el ladrido lejano de un perro. Difícil imaginar en esas circunstancias el trasiego de otros tiempos: setenta años atrás hubiera escuchado seguramente el paso apresurado de los contrabandistas que marchaban, protegidos por la oscuridad de la noche, de España a Portugal y de Portugal a España, y quizás también retazos de las conversaciones de los clientes de la tienda-bar, animadas por los tragos de vino y de aguardiente; percibiría, casi con seguridad, diferentes acentos y una mezcolanza de palabras en portugués y español emitidas por unos hombres rayanos que, aun separados geográficamente por un hito situado pocos metros más allá, siempre hicieron todo lo posible por entenderse, unas personas que siempre buscaron lo que las unía y no lo que las separaba, y que nunca creyeron en las fronteras, sino en la vecindad. 

Por la mañana me despertó el canto de un gallo madrugador y la luz que entraba por la puerta y la ventana la manta que colgamos para sustituir a la deteriorada persiana no había surtido mucho efecto. Remoloneé un poco más pensando en la vida que pudo albergar ese valle en otros tiempos y solo me levanté cuando escuché a mi anfitrión trajinar fuera. La luz del día y el sol me devolvieron los colores y los detalles que la noche me había negado. Fue un placer recorrer todos los exteriores de la casa y percibir, ahora ya a plena luz del día, los impresionantes cambios que se habían producido en ellos desde mi última visita: en las traseras de la casa ya no crecen zarzas y ortigas, sino césped, setos y flores; y las enredaderas empiezan a trepar por las armazones que se alzan sobre una de las terrazas, protegida, ahora ya, con una barandilla de hierro. El desayuno, contemplando todo el valle, fue un auténtico regalo. 

Mi primera noche en la Duda fue una agradable noche de verano. Espero, sin embargo, poder pasar también en ella alguna velada de invierno, arropada por el calor de la lumbre, la buena compañía y una agradable conversación. Da igual que fuera el viento azote el valle y la lluvia golpee los cristales, o que, por el contrario, el cielo estrellado nos brinde como espectáculo una de mis constelaciones favoritas, Orión, porque estoy segura de que la esencia de la Duda seguirá impregnando las noches de este lugar rayano, que consiguió invalidar una frontera impuesta para convertirse en tierra de todos. 











lunes, 11 de enero de 2021

Nieve


 Ayer fue una tarde blanca en las Casas de La Duda. Filomena también quiso teñir de blanco este pobre rincón extremeño-alentejano, muchos fueron los curiosos transeúntes que volvieron a acordarse de Sierra Fría para su disfrute. Al igual que esos curiosos, a la memoria de quien escribe volvieron los recuerdos #DesdeLaDuda. Recuerdos de un día de verdadera nevada, lo que trajo ayer Filomena tan solo fue una broma. Recuerdo un frío invierno en que tras una copiosa nevada decidieron mi madre y mis tíos venir a visitar a La Duda a mis abuelos, entre otras cosas, para saber si estaban bien. Antes era así, querías saber de alguien, pues ibas y lo visitabas. 

En el trayecto hacia La Duda, siempre cogíamos la pista “del medio”. La Sierra Fría en la década de los 90 lucía cual auténtico vergel, por aquella pista había que ir con cuidado, había mucha nieve y niebla. De repente, un viejo pino yacía en medio de la pista, el peso de la nieve lo había derribado. Ahora venía, lo que para unos niños (quien les escribe y su hermana), era un verdadero problema, lo que suscitó un gran llanto por parte de ambos: había que dar la vuelta, hacer maniobra en aquella estrecha pista forestal y poder llegar hasta La Duda por otro itinerario. Para los adultos que nos acompañaban hacer la

Más fotos en @desdeladuda
maniobra con la C15 de marzo del 87 con motor bicilíndrico no fue un gran problema, a pesar de tener que hacerla bajo la banda sonora del llanto de dos miedoso niños. 

Una vez dada la vuelta, cogimos la pista de “abajo” que nos conduciría sanos y salvos a ver al Ti Segundo y a la Ti Luisa, de La Duda. Alegres por ver nuestra llegada, comprobar que estaban bien y contarles lo ocurrido, recuerdo que nos sentamos ante la lumbre que siempre mi abuelo tenía para calentarse en los duros fríos de La Duda, disfrutando de lo que si fue una tarde blanLas Casas de La Duda.

sábado, 9 de mayo de 2020

Confinamiento

Hace mucho que no escribo desde La Duda, la última vez que lo hice os contaba una historia negra de La Duda: el suicidio de un hombre.
Cuando comienzo a escribiros son las 21.41hrs y lo hago desde La Duda, a través de mi ventana, veo los jóvenes cerezos de mi vecino, a su perra Luna y los viejos cerezos de la Tí Changarrilla, hoy propiedad de su hijo Juan, Alcalde Pedáneo de El Pino.
Llevo por aquí 5 días, es la primera vez que paso noches solo por aquí. La noche infunde respeto, pero no miedo. Miedo, ¿a qué? ¿al cantar del señor Ruiseñor, a la luz de la luna entrando por las rendijas de las persianas, al cántico de las aguas del río? Así son las solitarias noches de La Duda, aunque confortables: agua caliente, luz eléctrica, Internet...
Durante esta semana he teletrabajado, he mantenido una reunión con mis compañeras de trabajo (cómo era de esperar, se han sorprendido por la belleza del paisaje que divisaban tras de mí).
Sin embargo, estos días han sido un poco agridulces... te despiertas por las mañanas, te despides del día por la noche y... miras al Sur, ¿qué ves? Portugal. ¿Cruzo el regato que hace de frontera? Podría perfectamente, estamos en La Duda, ¿qué es España y qué Portugal? ¡Qué paradoja! estar a un solo salto del país amigo y no poder pisarlo. De todo modos, desde La Duda tenemos la fortuna de poder divisarlo cada día, cada minuto, cada instante...

Esperemos que vuelvan los buenos tiempos y, también, que os vuelva a escribir pronto para que no vuelva a comenzar una entrada diciendo: hace mucho que no escribo Desde La Duda...

viernes, 1 de noviembre de 2019

Historia negra de La Duda. En la noche de Haloween

Era pequeño, quizás ese era el motivo por el que sentía pavor cada vez que veía aquel hombre de barbas blancas hasta casi su barriga. Cada vez que venía a La Duda y tenía que bajar a La Duda del primo Manolo (como nosotros le llamábamos a mi actual Casa de La Duda), aunque realmente era de la tía Joaquina y el tío Jose, de La Duda. Pero a lo que iba, cada vez que tenía que bajar aquí para ver a mi abuela porque estaba trabajando con “la matanza”, y daba la casualidad que aquel hombre  “tão exquisito” (raro) aquí estaba, corría a donde estuviese mi abuela o mi madre y me refugiaba tras sus piernas, agarrado a ellas. Era terrorífico para mi mirarle, verle, que él me viese, me mirase y ni que decir tiene cuando se dirigía a mi y me hablaba, y siempre lo hacía. Me hablaba porque era un buen hombre... pero eso lo supe después, o mejor dicho eso lo entendí después...

Este hombre de barbas blancas tiene, o mejor dicho, tenía un nombre, un hermano, una casita y un buen terreno en La Duda, mejor dicho, na Dúvida, era portugués. Se llamaba José y era hermano de Junuario, el último dudoso portugués, parientes del Tí Parrón del que ya os he hablado alguna vez.

Hablo en pasado porque Jose tuvo un trágico final y murió. Y todo ocurrió en La Duda. Aquel hombre de blancas barbas hasta la barriga quiso inmiscuirse en los designios del Señor y acabó con su vida de una forma terrorífica, como el pavor que yo sentía hacia él, con la ayuda de una bombona de butano según escuché a mis abuelos por aquellos días.

Médicos y, posteriormente, cortejo fúnebre tuvo que acceder a su casa de La Duda por España, el acceso a las Casas de La Duda portuguesa desde Portugal, si ahora es difícil, hace años tan solo podía hacerse a pie o en caballería. 

Como veis, las Casas de La Duda también tienen su historia negra y que mejor día para contároslo Desde La Duda en esta tarde lluviosa y oscura del primero de noviembre, Haloween. 

sábado, 3 de marzo de 2018

Las noches de La Duda ya no son duras.

En aquellos años, cuando La Duda estaba en su máximo esplendor, las noches eran duras, más si cabe en las frías noches de inviernos, aquellas noches en las que el viento, el agua y el frío “arreaban de lo lindo“. Hoy es una de esas noches, son las 22.18h de la noche del sábado 3 de marzo de 2018. El frío, el viento y la lluvia están haciendo de las suyas, como lo hacían antaño. Sin embargo, desde La Duda del siglo XXI las noches de invierno se hacen mas llevaderas que antiguamente.

La casa de mi abuelo, cuando yo era pequeño ya solo tenia de teja vana la cocina, las demás estancias de la casa tenían cielo raso, un autentico lujo para quienes vivieron en peores condiciones. Hoy, en concreto, he preguntado a mi madre y recordaba que en su habitación cuando era una niña entraba el frío en las noches de invierno como si estuviera en la calle.  Y es que las noches en La Duda eran duras. Hoy ya no tanto, o mejor dicho, ya no son duras.

Ya no son duras por dos motivos principalmen
te. El primero, por una desgracia, el calentamiento global, que hace que ya no suframos aquellos otoños e inviernos como los de antes, meses y meses lloviendo. El segundo, las casas de Las Casas de La Duda, ya no son como las de antes. Ahora tienen las comodidades que cada dueño quiera o pueda permitirse: agua corriente, baño, luz... De esta guisa, las noches de La Duda ya no son tan duras, ya no son duras.

Recuerdo las noches de La Duda, bajo la luz del camping luz, alrededor de la mesa camilla del zaguán de la casa de mi abuela viendo un ratito la pequeña televisión naranja que tenían mis abuelos, viendo solamente la 1 de Televisión Española en blanco y negro, mas no había, solo se podían sintonizar 3, pero a las Casas de La Duda solo llegaban los dos canales de la televisión pública. Hoy en mi pequeño televisor de pantalla plana, a color, se sintonizan mas de 30 canales. Y es que, las noches en La Duda, ya no son duras.

Hoy es la primera de las noches que nos quedamos aquí a dormir. Viento, frío, lluvia... no hemos podido elegir mejor noche para que sea la primera, alrededor de la estufa, una buena película, escuchar el soplar del viento, el caer de la lluvia, el chispoteo de la lumbre... las noches de La Duda ya no son duras.

Mientras todo eso ocurre, os escribo, abro la ventana al mundo que es Internet y que, como ya os dije una vez, si el tío Jose de La Duda, mis propios abuelos, el ti Palron, el tío Bigares y tantos y tantos dudosos de antaño que sufrieron las noches de La Duda nos vieran, me darían la razón: las noches de La Duda, ya no son duras.

Cierro este mensaje Desde La Duda cuando son las 22.45h de la noches. Hasta mañana, vamos a seguir escuchando como cae vida del cielo...

lunes, 29 de enero de 2018

LA DUDA EN INTERVÍU

Corría el año 2002 y Jose Antonio Alonso de la Torre escribía sobre Las Casas de La Duda, ¿dónde? en una revista destinada a público adulto: Intervíu.
En ella entrevistaron mi abuelo, el ti Segundo, de La Duda. Habla de Junuario, el último portugués dudoso; del ti Bigares y su casa "dudosa".

Ay, si ellos supieran y, sobre todo, sus señoras, que saldrían en una revista en cuya portada salen chicas como sus madres las trajeron al mundo. Bueno, mi abuelo lo supo y, al igual que el resto de la familia, nos quedamos boquiabiertos. :) Ver al abuelo en Interviú no es cosa "normal" :) :)



He aquí el artículo que me he tomado la libertad de ponerle voz...