Ayer volví a La Duda, lo que apuntaba a un día lluvioso y desapacible (aunque no entiendo porqué, caía vida del cielo), se convirtió en una tarde soleada y con algunas nubes de primavera (a tan solo unos metros de Portugal, en un lugar recóndito del campo extremeño. Sí, la tecnología 3G e Internet no falla y la aplicación del móvil no falló en sus pronósticos).

La tarde fue productiva, y las zarzas que galopaban a su antojo desde hace años por los senderos que un día eran un "mar de gentes" transitando hacia Portugal y España y viceversa, y entrando a la tienda-bar de la tía Joaquina, se convirtieron en desmenuzados residuos forestales. Poco a poco el entorno va volviendo a resurgir entre las zarzas y maleza propia del bosque mediterráneo, lo que un día era comido por cabras y demás animales de la granja familiar (¡qué importante es la cadena alimenticia y el círculo vicioso de la Madre Naturaleza!) o víctimas de alguna afilada guadaña, podón u hoz, ahora es la desbrozadora la que ayuda al hombre del S. XXI. Pero no nos desviemos del tema principal de esta entrada: "el resurgir del entorno". Decía D. Ángel en su libro póstumo "Mi vida en La Campiña", en un fragmento del relato "Otras rutas...", en lo que para mí es una auténtica declaración de pasión hacia La Campiña de Valencia de Alcántara, lo siguiente: "¿con qué me sorprenderá hoy?". Y es que estas tierras te sorprenden cada día, en ese resurgir del entorno que estamos haciendo, limpieza de maleza, al darme un paseo por el resto de la finca, sorprendentemente los viejos árboles frutales, aunque necesitan una buena poda, también estaban resurgiendo: ¡los cerezos en flor!, dando la bienvenida a este humilde nuevo poblador de La Duda, cómo queriendo decir: "la vida ha vuelto a las Casas de La Duda".


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